FLORES SILVESTRES

Por Iván Contreras R

Artista plástico. Hijo Ilustre de Purén

Decimos bellas cosas de las flores de nuestros jardines y avenidas, pero no mencionamos a las que nacen solas en los campos. Lo que suele hablarse de las flores silvestres es que son hierbas, a veces malas hierbas, aunque sabemos que las flores de jardín fueron también alguna vez agrestes y que ha sido el cuidado de muchas generaciones el que las ha transformado en las que hoy tenemos. Las amapolas que pintó en 1873 Claude Monet, en un pastizal de Francia, por entonces eran silvestres.
No es extraño que en tumbas muy antiguas aparezca polen o semillas de las mismas plantas de hoy, porque aquellas que nadie cuidó supieron hacer sobrevivir su naturaleza, cubriendo los territorios y los tiempos. Una especie nuestra pudo colonizar Europa, después de viajar desde aquí en los bajeles coloniales que llevaban el oro americano.
Las flores silvestres siempre están presentes, las hay en cada estación del año, sólo que en primavera hacen eclosión en los campos abiertos, en los márgenes de las aguas, o bajo los bosques nativos. También entre las piedras de la alta cordillera o a nivel del mar sujetando las arenas con sus raicillas. Las encontramos al borde de los caminos y en los trechos de las líneas férreas, de donde recogimos los especímenes para nuestros herbarios escolares, aplastadas entre dos hojas de papel de diario.
Tener los conocimientos de un botánico puede ser valioso, pero lo será más tener gusto por ver las plantas del campo en esos días de sol en que las flores abren sus corolas. Para apreciarlas ayudará visitar los lugares en que proliferan, como en Malleco que enseña sus tierras cubiertas de azules, rojos o amarillos. Allí, a través de las flores muestran las lomas su espíritu. Mientras tanto en un zumbido liban los insectos el néctar de ellas; los escarabajos corren mil veces por entre las hierbas, subiendo y bajando los terrones. Es hermoso pasear la vista por las planicies verdes y descubrir en ellas la individualidad de cada flor.
Hace algunos años vi el despliegue de los mantos de coloridos chochos de la patagonia en Coyhaique después de haber estado meses bajo la nieve. En el norte encontramos, como en un alarde de supervivencia, los matices del desierto florido de la Tercera Región.
Las plantas silvestres y sus flores vivirán su martirio en los incendios casuales o provocados y frente al jardinero irreductible que no las perdona si su cultura le dice que son hierbas. Pero en ambos casos se terminarán reponiendo por su tenacidad y persistencia.
Las flores silvestres no sólo son propias del campo. Aunque no nos demos cuenta están muy cerca, y si miramos nuestras vías pavimentadas veremos en cualquier traza de tierra o en lo alto de una pared, algún llantén o diente de león.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *