Recordando… EL MES DE FEBRERO

Por Iván Contreras R
Artista plástico Prof. Emérito U. de Concepción
El cielo en estos días está permanentemente moteado de nubes. Muy azul y las nubes muy blancas. Días luminosos sobre las lomas, todavía de calor. Ya se está terminando la cosecha del trigo y los sacos llenan las bodegas.
Los peones permanentes han sido reforzados con los hijos de los inquilinos y con los recién llegados de otras cosechas concluidas ya. Algunos han hecho un paréntesis en su trabajo en la construcción de las vías ferroviarias para solazarse en el trabajo agrícola y variar las comidas. Nos contaban que años atrás mi padre viajaba a buscar un “enganche” a la plaza de Chillán y entonces la rancha se llenaba de afuerinos, entre ellos alguno de diente de oro y cuchillo en la faja, al que todos le tendrían un respeto con bastante temor. Otro usaría el sombrero cargado al ojo y ese era peligroso para las niñas del campo.
Alojaban todos allí, envueltos en sus mantas y durmiendo sobre las pallazas de yute rellenas con paja. Al atardecer recibían la ración de harina tostada y su gran galleta. Habían almorzado porotos con locro aliñados con su cucharada de color  y mordisqueaban un ajicito cacho de cabra, ojalá con una cebolla en vinagre. Otros días tendrían un plato de cazuela ya que se habría matado una oveja, seguro que la más vieja del redil, que daría un caldo fuerte con la gran presa, sus papas y trigo partido.
Las lomas ya eran rastrojos y solo se veían desde lejos a unas mujeres vestidas de negro, como las viudas, destacando en las claridades de las cañas, recogiendo las espigas quedadas de la emparva. También pueden encontrarse con una araña poto colorado y por eso son cuidadosas. De repente sí pueden tropezarse con una culebra de buen porte; aunque saben que no hace  nada y que seguramente se deslizará huyendo por entre los terrones, se le tiene miedo. El trigo recogido les proporcionará una harina tostada de un gusto especial.
En ese mes de febrero, de vez en cuando caían sus buenos chaparrones por lo que a los muelles se les hacía una especie de techo de dos aguas con las mismas gavillas. Aunque la sequedad y la falta de agua era grave, estas lluvias no serían bienvenidas.
En nuestra casa la cocina se reforzaba y mi madre parecía un general dando ordenes al personal, en esos días siempre había visita, sobre todo de parientes, tíos y primos que venían a pasar las vacaciones. Los almuerzos eran de varios platos y la comida de la noche – a luz de las velas- era un poquito menor; y para terminar agüita de hierbas coloreada con azúcar quemada.
En la sobremesa la conversación podía extenderse hasta tarde discurriendo sobre temas familiares y otros recuerdos, los que incorporábamos a nuestras vidas y mundo, como una valiosa herencia de la generación anterior.

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