VIAJE DESDE SANTIAGO

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Por Iván Contreras R.
HIJO ILUSTRE DE PURÉN
Regreso desde Santiago a Concepción, en el mejor bus de todas las líneas, expreso, de día y ante una amplia ventana con vista a la cordillera. Gabriela Mistral recomendaba escribir sobre las impresiones del viaje, porque en él se siente, se medita y hasta se toman resoluciones que afectarán al futuro personal.
Partimos por las barriadas del sur de la ciudad de casas construidas por 1920 con ladrillo a la vista, que han teñido los carbones y el polvo de tantos años.
La cordillera nevada se ve con toda claridad, en la altura está Farellones. Pronto me doy cuenta de que es cierto que existen 8722 hoyos en las calles de la capital, como aseveraba  un medio de prensa. Me parece muy curioso que todos los perros vagos que andan oliendo en los basurales son chicos, de patas cortas.
Al margen de la carretera que se inicia se hallan grandes congeladores de fruta, ventas de todo, inmensas fábricas; Carozzi ¡me encanta! Luego, muchas poblaciones descoloridas. Escribir así en el bus es como ir haciendo croquis. En otra oportunidad, hice muchos dibujos, rápidos, casi de memoria y llené una libreta. ¡Las Últimas, las Últimas!,a 2oo las Últimas, grita un vendedor de diarios que acaba de subir.
“Se prohíbe ingresar al bus a comerciantes, quienes vendan dulces, pasteles etc.”,leo en un aviso pegado en lugar estratégico. Hay tiempo para leer todo lo que está escrito, y en el paisaje que corre van apareciendo otros nombres y marcas: Reparadora de tractores El Surco, Costa, Unifrut, Nestlé, Shell, Kauffmann, Nissan. En otra detención inexplicable ingresó al bus una joven con un canasto de dulces chilenos. Todos le compramos.
Como cuando se escucha una conferencia muy  larga, andados  40 minutos  me distraigo y empiezo a pensar en mis propias cosas.
Al pasar por Curicó veo la Iansa y unos grandes estanques de acero inoxidable que recuerdo instaló  Víctor Manuel que trabajó aquí como ingeniero. Cuando me invitó a conocer la obra, a todo sol, eran tantos los reflejos y resolana que me saqué mis sobre-lentes oscuros y los puse en los suyos.
Todo está verde, color de primavera, los frutales están en flor, blancos y rosados. La cordillera se ha alejado. Aparece un puente hermoso sobre el río Claro, que es un arco de fierro traído de Europa en el siglo XIX. En eso pienso que los asientos deberían tener cinturones de seguridad como en los aviones. La raza equina tiene buena salud, veo cientos de caballos en los potreros. Ahora vacas, muchas vacas negras como de luto, entre ellas reconozco la corpulencia de un toro colorado.
Un caballo blanco como el de Napoleón, me recuerda haber leído que se están faenando en carnicerías de equinos. Los franceses  acostumbran comer su carne por buena y sana.
El bus lleva una marcha regular, parece que el chofer está descansado, mientras en la butaca del lado Marta descabeza un sueñito. Una casa campesina de adobes forma con la cordillera al fondo un paisaje típico. Los álamos que son característicos de la zona central están desnudos todavía. Vulcanización en cualquier lugar para sacar de apuros.
En Talca un montón de chatarra, restos de orgullosos automóviles. Tierras de yuyos amarillos. Putagán, otro puente de tren, hermoso en sus estructuras. Suenan los celulares ”hola guachito, vamos frente a San Javier, llegaremos a las cuatro y media…voy bien”.
En Linares, no se ve la ciudad. Puente Achibueno, hombres recolectando remolacha. Al lado en sentido contrario están la vía hacia el norte y las líneas del tren. Longaví, la estación. Pasamos por el by pass de Chillán; sospechamos la ciudad  por algún edificio que asoma a la distancia
El bus se aleja de la ruta 5 y enfila hacia el poniente por la carretera del Itata. El relieve y el diseño del camino se hace más movido. Sólo hay árboles para mirar. Desde lo alto tenemos una  vista fantástica de la bahía de Concepción, pero dura poco, Ya nos vamos acercando a nuestro destino. Hemos llegado finalmente.

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