MI PROFESOR PRIMARIO

 Quelentaro
“El cortaba el otoño cuando le
conocí, desde mi banco azul de niño y esperanza.
 Sufría por entonces un libro
bajo el brazo y una clara sonrisa. Hoy le vi ceniciento de respirar la harina
de la tiza, enemiga brutal de su existencia.
Mi profesor primario, aquel pequeño Dios de mis horas de niño.
Cómo imitar
aquella vez, su letra fresca y redondita. 
Cómo abarcar como él las fechas de
todas las batallas. 
El porqué del rocío y todas las provincias.
Lo tenía olvidado porque uno olvida al profesor lejano que nos llenó de luz y
nos trazó un camino.
Hoy nombro mi maestro. Aquel que me llevó 
la mano dibujando aquella letra rara
que tenía colita. 
Aquel que se mató la vista con mi caligrafía.

No nombro al ganapán, corto de vocación, que va quemando el tiempo con la lumbre del niño, que va buscando en él la razón y la vida.

 Cómo quisiera
llevarle de la mano y al salir de la escuela caminar tantas vidas y apoyados
los dos darle frente a la lucha de su sueldo mezquino; mejor digo jornal,
porque mi profesor es forjador de vidas y hacedor de destinos.
 
Hoy nombro mi maestro.
Aquel pequeño Dios que compartía todo.
 El duro ventarrón
de los inviernos y las tardes de flores.
 Y en esa sala clara de sonrisas, las
ilusiones tristes que llevan los alumnos. Porque entre los pupitres había sólo
una vida grande de anhelos y tristezas. 
Era la vida del universo entero.
No quiero que todos los alumnos le hagan una gran ronda con canciones de cuna.
Pido hacerle una hoguera, para entibiar el frío de su vida y cantarle un himno
que toque a rebeldía. 
E ir con él de la mano arrollando la vida, en carrera
loca por las avenidas
 
Antes de llegar a mí, fue maestro rural en un fundo cualquiera. Allá sembró sus
letras y sus números en el campo sin luz del niño boyerizo, jornalero menor de
la vida…
Al vencer su jornada rural, al tranco
de un caballo se alejó de su escuela. Venía arriando paisajes y recuerdos como
rastro de
él, atrás, una carreta lenta venía dando
tumbos, machacando sus libros.
 Y al recordar los rostros de los niños madurados
de oveja y de relinchos que dejaba allá
arriba, le dolía el paisaje, le dolía la vida, le dolían los libros.
Adaptado en el pueblo seguro que sintió en nuestras miradas los rostros
campesinos. Única riqueza viva que traía prendida…

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *